Probablemente habían pasado veinte años desde la última ocasión que lo visite. La tarde era perfecta, iluminada, ligeramente cálida (más tarde sabría que un ejército de sirenas y ambulancias que se movían por la calle atendían unas explosiones en la Torre de Pemex que crearían la común controversia temporal a la que estamos acostumbrados, sin llegar a saberse la realidad de lo ocurrido, ni tener responsables), había terminado temprano las citas agendadas, y pase por el exterior de sus jardines. La paz que transmitían estos jardines me invitaron a visitarlo. La primera ocasión que lo visite probablemente tendría ocho años, y me presentó a un México que empezaba a descubrir, es de esas cosas que siempre agradeces a tus padres, visitarlo de nuevo te regresa también a tu museo interior.
En los terrenos en donde se encontraba el centro de antenas de la Defensa Nacional, en el rancho de Polanco, perteneciente anteriormente a La Hacienda de los Morales, el presidente Adolfo López Mateos decidió, a sugerencia del secretario de educación Jaime Torres Bodet encargar la construcción de un nuevo Museo Nacional de Antropología que fue terminado en 1964, un espacio único en el mundo, de una vigencia asombrosa. El Arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (apenas fallecido), junto con Jorge Campuzano y Rafael Mijares crearon y nos heredaron un proyecto honesto, magnífico, que transmite desde su patio la grandeza de las civilizaciones de las cuales conserva su patrimonio, un patrimonio que en poco hemos honrado quienes habitamos este país. El patio principal es cobijado por un techo sostenido por una columna labrada en piedra con motivos prehispánicos, sobre los que llora agua que cae sin prisa, repasando la historia de civilizaciones extinguidas, de mestizajes y de guerras, y dando testimonio de los orígenes del México que somos hoy. Estanques que reflejan extractos del Popol Vuh, poesía de Nezahualcoyotl, sabiduría de muchos siglos dan serenidad al visitante, lo invitan a meditar cada que repasa una sala para pasar de una a otra civilización.
Caminar por salas (estas si tienen en sus pisos y en sus muros un sello que te regresa a los setentas) de impecable museografía, repasar la historia de tu región, encontrar las respuestas a la vocación histórica de la ciudad en donde hoy vives, convivir con ídolos labrados en barro hace ochocientos años, con instrumentos de jade y de ónix, herramientas en obsidiana, penachos de plumas de quetzal en verde violento, todo te va silenciando, te abstrae de lo cotidiano y te vuelve sensible a realidades invisibles y que pensabas inexistentes. La sala dedicada a la cultura Azteca es quizá la que contiene las piezas más emblemáticas del museo, la piedra de tizoc (o altar de sacrificios gladiatorios), la piedra del sol (calendario azteca), la réplica del penacho de Moctezuma, maquetas soberbias de lo que era la gran Tenochtitlán y los nombres que te hacen entender los rumbos de la actual cuidada.
Sales de este museo y sin querer agradeces poder disfrutar en un espacio público de la grandeza de pueblos que nos empeñamos en destruir, la preservación de la memoria, la magnificencia de un patrimonio custodiado por una joya de la arquitectura mexicana.
Fuentes consultadas:
http://polancoayeryhoy.blogspot.mx/search?q=museo+de+antropolog%C3%ADa
http://polancoayeryhoy.blogspot.mx/2011/03/la-hacienda-y-molino-de-san-juan-de_24.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Piedra_de_T%C3%ADzoc
http://nezahualcoyot-wvf.blogspot.mx/
http://es.wikipedia.org/wiki/Museo_Nacional_de_Antropolog%C3%ADa_(M%C3%A9xico)






























